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miércoles, 2 de julio de 2008

La mirada de José Tomás, Ubi sunt?

Toda mi vida, sufrí la obsesión de emborronar papeles. Cuando al fin había hecho algo que sin duda llegarìa a la final del Nadal, paso obligado al Nobel, aparte de abrirme las puertas de la Academia, en un descontrol táctil, volátil sobre el teclado, lo borré todo. Inconsciente acepté la opción de no guardar cambios...y fue cómo cruzar mi particular Rubicón. ¡Todo al carallo!. Esa es la razón del latinajo, pregunto dónde irá? convencido de que tiene vida propia, vida inmortal por lo que no se borró. Eso es imposible. Se perdió; estoy convencido. Perdido por entre el bosque de microchips, por entre los cuales llega el tañido de un arpa. O tal vez la siempre actual Ana Rosa y sus casuales spyware. Mi tristeza fue tanta que la Musa que casualmente es mi agente literario, me llamó por el móvil para consolarme. Sin reclamar nada a nadie fueron diez días de trabajo que se fueron al garete. Parecerme a Hércules, el de los trabajos inútiles, fue mi mayor consuelo.

De esta manera, esto escribo para disculparme (ante Dios y los hombres). Porque el tema me gustaba, aún siendo consciente de que me había pasado un poco en el aderezo rococó. Me vais a permitir un intento de reconstrucción sinóptica que os sirva para juzgar y después me comentais (teneis que picar sobre "enviar un comentario").

Consciente de que mi paso al futuro se asociará a mi inconmensurable e incomprendido ingenio para establecer liaçons sobre temas dispares, elucubraba yo sobre la mirada del diestro José Tomás al tiempo que surgía dentro de mí una crítica furibunda contra todo lo que hoy lleva el adjetivo "histórico": películas históricas, novela histórica, rebajas históricas, desastres medioambientales históricos en el preciso momento en que lo verdaderamente histórico vive sus horas más bajas. Es entonces cuando la mirada del diestro en Las Ventas se me antoja HISTÓRICA. Y estoy seguro que nadie reparó en esa característica. Y es que a original no hay quien me gane. Por lo demás a fuer de usar el susodicho adjetivo, éste pierde significación. Coincidirán conmigo en que eso es tan cierto como un axioma matemático. Todo el mundo sabe de Leónidas, Alejandro Magno, Aquiles, Robin Hood que pronto se tranforman en príncipes que tienen de medievales lo que es inherente a la naturaleza de la factoría Disney. Y es ahora cuando quitamos a colazión al ingenioso Juvenal con su sentencia: "A todos gusta el hacerse pasar por expertos pero pocos se toman el trabajo necesario". Quiero mostrar mi actitud a cómo se llevan a cabo las "recreaciones", históricas of course: sin puñetera coherencia, llegando facilmente a la calumnia, a una suprema damnatio memoriae aunque no sepamos de que va eso.

Pero eso a qué viene. ¿Para qué es necesario trabajar si YA SE VE EN LAS PELÍCULAS?. Por la película sabemos que Colin Farrell es Mega Alexandro (no sé porque al decir esto pienso que Alejandro mega esnifaba-¿será por las liaçons?-. Sabemos también que Filipo era un rústico al que faltaba un hervor, y al llegar a la madre nos complace observar que es Laura Croft, o sea Angelina Jolie. Sólo los pedantes se acordarían de la verdadera Olimpia(que suponemos bella) la cual manifestó que había engendrado al nene una noche de tormenta en la que cayó engaiolada por una serpiente, que realmente era un dios camuflado. Nadie dudó de su palabra. Cosas de donas, ante las cuales la historia siempre adopta posturas gentiles, de caballerosidad.

Estamos en un punto crucial, ante este cambalache a mí me importa la curiosidad de la mirada que tendría, en este caso Alejandro, pero podría ser Leónidas en el angosto paso de las Termópilas mirando al ejército persa enfrente, seguro de su muerte -y la de los 300 hoplitas que le acompañaban- o podría ser la mirada de Aquiles momentos antes de traspasar a Héctor. Ahora que recuerdo Aquiles, en una película sobre la Guerra de Troya, él, que era llamado entre los suyos "el de los piés ligeros" lo dibujan con atributos propios de cachas forjado en la cultura del gimnasio aderezada con anabolizantes. Sin querer ofender a nadie. Miren: es que no pega. Y aunque no me gusta citar a otros insignes colegas menciono - y de paso les recomiendo su lectura - a JJ Pollit en su libro "Arte y Experiencia en la Grecia Clásica", donde demuestra estudiando al Heracles Farnesio con sus dos metros de músculos lacios como los míos, éste resulta mucho más fondón que el pequeño Herakles Epitrapecios con sus 15 cm de auténtica dinamita. Figurilla que gustaba poner sobre la mesa -epitrapecios- el mismo Mega Alexandro. Comprendo a los jóvenes cuando dicen que la historia es un rollo que siempre habla de sí misma.

Por esto me duele el pathos -un órgano que no todos tenemos-. La extraviada mirada del torero después de que el morlaco le reventara la frente y llenara de sangre todo el cuadro. Cosa que aunque nos choque va unida frecuentemente a las disputatios bélicas, una especie de regueifas chungas. Mirada que parece perdida pero está mirando fijamente a la Parca y en ese momento no pensamos en la cara de gilipollas que se nos queda. Fue esa mirada que puso Leónidas, en un momento ¿por qué no decirlo? que se la sudaba la inmortalidad. Identifico también esa mirada con la que tenía Alejandro en Hicsos. La identifico, como ya alguno habrá supuesto, porque yo estuve allí, como en la serie de tv.

Amigos, no soy fan del toreo, más que nada porque no soy mediterráneo, pero aseguro que la mirada de José Tomás el día después de abrir la puerta grande de Las Ventas estaba preñada de furor demente, sólo preocupada por reeditar el éxito. El mismo que de los otros que he hablado, en situaciones ciertamente dispares. Bueno con los Hobbits aparte, al igual que todos los seres Disney. Estos "inventos" en el sentido medieval los reconoceremos por la ausencia de kimé en su mirada de plástico. Fijaos si no y entenderéis la verdad de la mirada de José Tomás.

Talogo








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