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viernes, 5 de septiembre de 2008

Horus

Creanse lo que sigue pues es verídico además que un día de estos saldrá en las noticias de sociedad...En algun medio de resonancia nacional.

Estaba pasando con la familia unos días en Foz, exactamente frente al cruce que nos dirije al monte del Obispo Santo, lugar de romería para el vulgo. No para mí, atleta atemporal que fui cargando con mi bicicleta pues era consciente que se me iba a presentar una oportunidad epopéyica.

No considero en este punto importante remarcar la figura del EPISCOPO Don Gonzalo Dumiense y su milagro. Tampoco creo el momento de abrir un debate acerca de su cronología. Pero retomo el discurso del clásico que nos habla que la ermita allí construída para rememorar el milagro se encuentra en un claro del bosque ..."al que se accede tras dos pequeñas y saludables cuestas".

La epopeya estaba servida: cogí del coche la bicicleta dispuesto a corroborar aquella descripción precisa y propia de algun Estrabón. Respecto a la longitud el texto era fiel: apenas treinta metros tendría la primera rampa de la que pronto entendí su salubridad. En el máximo desarrollo de los piñones, comprobé que había que empujar mucho para llegar arriba jadeante. Era un perfecto trasunto del destino hecho muro. Era obligada una suficiente salud para no morir en el intento. Tiraba do peito. Y aquí es donde las fuentes "milagreiras" hacen su aparición.

Acometía ya la segunda rampita, cuando noté en mis piernas un aliento fresco que me inundó de coraje. Hasta me senté un rato en el sillín. Miraba con expectación una huertita plantada a la derecha del camino, alucinado yo mismo cómo el milagro había insuflado oxígeno en mis pulmones, desapareciendo cualquier atisbo de fatiga. Fue en ese momento cuando mis ojos dieron con un objeto misterioso. Semejaba cilíndrico y reflejaba una extraña textura, parecía un metal que nunca antes había visto, con un brillo apagado y bastante indescriptible. Mi ascensón era silenciosa y mis alucinaciones me hicieron ver un animal con los ojos plácidamente cerrados. Estaba cerca, a tres o cuatro metros, ya iba a descubrir qué era aquella forma sobrenatural...cuando de súpeto abre los ojos, me mira fijamente, expande sus alas para alejarse planeando sobre los nabos de la huerta.

Fue así. En el Obispo Santo, en Septiembre del año del Señor 2008, ví con mis ojos un dios-halcón. Quise gritar Horus pero fue imposible. La emoción me desbordaba. Ahora me acaba de llegar una citación por apología heterodoxa, con lo que otro milagro me vendría como dios.

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