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miércoles, 3 de junio de 2015

Primeros pasos


He de confesar que nunca me hablaron de la estètica de Proust. Lo conocí en formato digital, algo que a él no le hubiera sugerido mucho. Pero ces`t la vie, todo muta. Leo más cómodo, descargo rápidamente. A mí que tanto me gustaba cubrir a mano las fichas de la Biblioteca, reconozco su obsolescencia.

Absorto en mi ignorancia leo con curiosidad las primeras páginas de El camino de Swan y al poco me percato que todos tenemos Un Tiempo Perdido lo cual no es óbice para que TODOS nos consideremos a la par, o al mismo nivel que el genio de Proust y de su musa. Pero la idea me vale para honrar a mi recién desaparecida mater. Consciente de mi inconsciencia para escribir una novela, iré intercalando recuerdos, de mi particular Edad de Oro.

A Vds pido disculpas por enseñar mi intimidad en este blog, pero esto requiere algo de exhibicionismo.




Era una tarde sofocante de Agosto. La gente sudaba. Los coches también....se olía . Los taxistas de mi calle ponían gamuzas sobre los volantes para refrescar. No lo sé a ciencia cierta, pero me gusta pensarlo  así. Aquellos impresionantes volantes de los SEATs 1500, testigos estéticos de otra época. No estaba difundido el aire acondicionado, por lo que eran usuales las ventanillas abiertas, saludé a Adolfo, que se cocía a fuego lento en el taxi.


Adolfo fuera chófer toda la vida. Y eso se notaba en su abúlica expresión facial, estaba quemado, por eso reverberaba el calor. Antes del taxi había llevado un omnibus de la linea Lugo-Vigo de la empresa Gómez de Castro. Aquellos fabulosos Setra-Seida, con su característico rugido, pero esto no es un tratado sobre la relación auditiva entre el número de cilindros y el sonido del motor. Y no tiene nada que ver con adivinar el modelo de coche por el ruído que mucho nos gustaba. Eran los años 70, habría una veintena de modelos...y todos nacionales. Estamos en pasado. Un mundo difícil de imaginar, como todo el pasado.


Temeroso, lógicamente iba asido de la mano de mamá atravesando el parque. El ir cogido de la mano de mamá me ayudaba a llevar la situación, iba muy nervioso. Situación que se repitiría, con la misma intensidad, cuando empezaron mis problemas dentales. Entraba en pánico cuando el dentista encendía el torno. Pero ella, sin molestar, me ofrecía su mano y yo,cogiéndola, me tranquilizaba. Y ahora  evoco
su recuerdo para vivir, o sobrevivir.

Nos dirigíamos por primera vez a la escuela, de aquellas ubicada en los sótanos del edificio de la Escuela de Comercio, a los parvulitos de Dña Evangelina Gómez de Castro, que también era la propietaria de la empresa de transporte homónima. De aquellas no había preinscripción. Llegabas, hablabas con la maestra y ya estaba. No fue así en nuestro caso: no había sitio, excusa para rechazarme. Sólo era el hijo de un obrero, y eso no daba caché. Si fuera hijo de médico o de abogado otro gallo cantaría.


Pero entonces fue cuando mi padre habló con Adolfo del que era amigo y, milagrosamente a los dos días había sitio para mí en el aula. Al final de la clase, pero estaba escolarizado. Aún vivía Franco y éstas cosas eran promovidas por el régimen, parapetado tras un artificioso clasismo, como siempre que el régimen quería evitar una rebeliòn...o casi. Adolfo siempre  contó  con mi estima aunque esto que conté   tardé  años en saberlo.  La  estima era mutua, y esto para un niño era sagrado

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